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Consumir antes de…

25 de Marzo de 2019

La lectura del etiquetado de alimentos resulta imprescindible para poder llevar a cabo tanto una compra como una alimentación sana y equilibrada. Conservar adecuadamente los alimentos adquiridos y comprender la distinción entre fecha de caducidad y fecha de consumo preferente resulta necesario.

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Comencemos por lo tanto por distinguir estos dos conceptos.

Por fecha de caducidad se entiende aquella fecha a partir de la cual un alimento no se debe de consumir, principalmente porque puede suponer un elevado riesgo para nuestra salud. Es decir que determina la vida útil del alimento, de ahí que sea imprescindible ceñirse a tal temporalidad. Este tipo de fecha aparece en aquellos productos perecederos (de corta duración)  como son los lácteos (leche, yogur, cremas…) así como también las carnes, huevos y pescados.

Por fecha de consumo preferente se entiende aquella fecha durante la cual el producto conserva adecuadamente sus características organolépticas (color, olor, sabor, textura…) pero que sobrepasada dicha fecha, el producto ha comenzado a perder o ha visto modificada dichas características, aunque su consumo no va a conllevar un riesgo para la salud. Esta información puede venir presentada en el etiquetado de tres formas distintas:

  •  Día y mes: supone un periodo inferior a 3 meses. Es decir que la vida útil de este producto una vez superada esa fecha es de unos 3 meses máxima.
  • Mes y año: periodo entre 3 y 18 meses. En este caso, el producto se conserva en adecuadas condiciones entre 3 y 18 meses, superada esa fecha.
  • Año: más de 18 meses. Aparece sobre todo en productos en conserva, donde su temporalidad es elevada.  Por supuesto, en el momento en que se vea que dicha lata o envase está oxidada, hinchada o porosa, no debemos de consumirla, ya que puede que el producto en su interior esté en mal estado.

Como vemos, la distinción entre ambos conceptos es clara, pero para poder asegurar que éstas realmente sean efectivas requiere que la persona consumidora haga una adecuada conservación de los alimentos y productos adquiridos. Para ello resulta necesaria una lectura del etiquetado, tanto antes de adquirirlo y consumirlo, como una vez abierto.

Es aquí en el etiquetado donde toda esta información viene reflejada, proporcionando a las personas consumidoras indicaciones sobre cómo sacar el mayor provecho posible de ese producto. De este modo nos aseguraremos que se reduzca la alta cantidad de comida que es tirada a la basura, bien porque no se llegue a consumir (se compra en exceso productos que realmente no necesitamos) o bien porque se haya realizado una mala conservación de los mismos, teniendo como resultado que ésta acabe en el contenedor.

Según datos aportados por la FAO, cada año “1300 millones de toneladas de comida acaban en la basura”.

Hacer una adecuada interpretación de estas fechas resultará imprescindible para asegurar que su consumo se haga de la manera correcta y que dicha conservación garantice que no termine como desperdicio.
 

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